Oda a las malas hierbas

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Publicat el 6 Mar, 2014

¿Y si nos paramos un momento sobre nosotros mismos? ¿Y si observamos con mayor detenimiento lo que nos rodea? Tratando de no dejarnos llevar, en la medida de lo posible, por los pensamientos que segregan, separan y eligen sin demasiada conciencia, y que eligen aquello que etiquetamos como bueno, en detrimento de aquello que recibe un valor negativo. Se dice que la cosecha depende del sembrado, del mismo modo que la acción depende del pensamiento previo, pero, ¿qué pasa si este pensamiento no es considerado? ¿Y si este pensamiento discrimina bajo el pequeño enfoque de nuestra corta mirada?

Bajemos al suelo y observemos. Contemplemos las mal nombradas malas hierbas, su significado, su función oculta a nuestro entendimiento. ¿Has visto nunca una muestra de mayor sostenibilidad? Sin ni la mitad de las necesidades de todo lo que cultivamos en el huerto, crecen vigorosas, abundantes y fértiles. Pero no solo eso, nos muestran algo, tal vez muchas cosas. Los campos abandonados, invadidos -repletos -de cardos que impiden el paso y mantienen a raya con sus hojas punzantes a aquellos que se atreven a cruzarlos. Algo defienden, algo intentan mantener, permitiendo a la vez su evolución sin ser molestados. ¿Será el suelo? La tierra degradada, estresada por el uso del labrado temporada tras temporada, por los continuos tratamientos químicos tóxicos, ese suelo expuesto al sol, a la lluvia y el granizo, la vida para sus adentros casi extinta lucha para perpetuarse, para hacerse un vacío. Y es aquí, en esa etapa temprana de evolución del suelo, donde tal vez entendemos la alta densidad, la ‘invasión’ de estas plantas que denominamos ‘malas hierbas’.

No nos atraen lo más mínimo, no ‘producen’ nada, nada que obtengamos de ellas, y algunas, como las hojas punzantes del cardo, se vuelven incluso hostiles. Que mejor manera de prevenirse de la interacción -hasta ahora perjudicial- con el ser humano, de ‘darse un respiro’, de ofrecer una oportunidad.

Primero llegan las especies más pequeñas, aquellas que crecen rápidamente, que lo ocupan todo cubriendo el suelo. La auténtica piel de la naturaleza, que de la misma forma que llegan –rápidamente- mueren y conforman la primera materia orgánica que recibe el suelo. A estas le siguen hierbas de mayor altura, muchas de ellas atractivas a los insectos que vuelven a ocupar aquel lugar hasta ahora degradado. La mayoría expertas en la extracción del nitrógeno que en su momento se utilizaba de manera abundante en los cultivos, causando verdaderas ‘indigestiones’ al suelo.

Y si nos acercamos algo más, si afinamos la mirada, podremos ver la gran densidad de plantas con hojas repletas de agua y como la proyección de su propia sombra ha permitido las condiciones idóneas para que aparezca la vida. La misma que acabará por comerse a la planta, para triturarla, para introducirla en el suelo y finalmente hacerla asimilable por los otros vegetales. Centenares, miles de gusanos están cavando la tierra gratuitamente, llegando a profundidades de más de dos metros e incorporando -con sus deshechos- la materia orgánica necesaria para la vida, preparando el suelo para la siguiente etapa.

Ahora las raíces lo ocupan todo, hay de especies que bombean nutrientes a los cuales solo pueden acceder ellas por la profundidad que consiguen. Hay que airean el suelo, que mejoran su estructura, y también aquellas que en convivencia con bacterias u hongos, ayudan a fijar elementos minerales que anteriormente estábamos obligados a agregar por la deficiencia de estos.

¿Y si la vida no empieza en las plantas, ni en el suelo ni en los insectos que lo componen? ¿Y si la vida surge como potencia del conjunto de todos los elementos necesarios, que se equilibran y suman sin que podamos distinguir cuál de ellos es prescindible y cuál no?

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