El suelo y la agricultura

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Publicat el 28 Ago, 2020

Resulta casi imposible no darse cuenta del maltrato que continuamente sufre el suelo.

Podemos extendernos a todos aquellos suelos que sufren de nuestra incapacidad de reconocerlo, no solo como patrimonio paisajístico, agrícola o que tenga que ostentar cualquier otro derecho del cual tuviéramos que disfrutar, sino como hogar, como nicho ecológico de una cantidad y variedad de seres vivos que todavía hoy no podemos imaginar y que varía según su profundidad, características o disposición o no de aire en el medio, como protector contra la pérdida de erosión, de nutrientes, como agente que ofrece la oportunidad de hacer evolucionar un bosque, una selva, una pradera, así como a captador y retenedor del agua, ofreciéndola más tarde, en el tiempo, como recurso vital a todos aquellos seres que de ella dependen.

Un poco de tiempo dedicado a pasear entre diferentes extensiones agrícolas sirve para darse cuenta que el suelo, hoy en día, es valorado como apoyo del cultivo, de la maquinaria que se mueve a través de él, como ‘espacio’ que nos permite desplazarnos y, finalmente, como contenedor de todos aquellos inputs utilizados hoy en día en la agricultura.

Ayer llovió durante poco más de una hora en el pueblo, una lluvia que generó algunos charcos, alguna escorrentía, pero que, visitando el día siguiente el huerto, se hizo imperceptible, como si a diez minutos del casco urbano la lluvia no hubiera hecho presencia, nunca hubiera aparecido. Si en algún momento lo hizo, esta lo abandonó sin dejar ningún tipo de rastro.

El suelo ofrece múltiples funciones, todas ellas vitales pero simplificadas a una sola, ser apoyo.

Cuando el arado, sobre todo con el uso de maquinaria pesada, trabaja el suelo, vemos levantar el polvo arrastrado por el viento sin darnos cuenta que aquello que vuela no solo es polvo, son nutrientes; los nutrientes de la primera capa del suelo, la más nutritiva, agotando así una preciada hucha, desplazados del campo y perdidos por siempre jamás, abocados a su esterilidad, solo la aplicación de fertilizantes sintéticos en forma de sales nos hace creer en una aparente fertilidad.

Si a este laborioso trabajo unimos un fuerte desherbado, dejando solo el cultivo por el cual esperamos su fruto y desnudando de cualquier protección natural al suelo, le siguen el uso de productos tóxicos como herbicidas, insecticidas y todos los ‘cidas’ imaginables, no es difícil darnos cuenta qué, no solo estamos sacando de la tierra algo que nunca le devolveremos, sino que también la convirtamos dependiente de productos sintéticos, a la vez que inservible por no poder albergar vida ni generar los procesos naturales que garanticen su propia fertilidad, arrancando, sin darnos cuenta, el propio derecho de autonomía intrínseco de los modelos naturales.

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