¿Y si nos paramos un momento sobre nosotros mismos?¿Y si observamos con mayor detenimiento lo que nos rodea? Tratando de no dejarnos llevar, en la medida de lo posible, por los pensamientos que segregan, separan y escogen sin demasiada consciencia, y que eligen aquello que etiquetamos como bueno, en detrimento de aquello que recibe un valor negativo. Se dice que la cosecha depende de lo sembrado, del mismo modo que la acción depende del pensamiento previo, pero ¿que pasa si éste pensamiento no es considerado? ¿Y si este pensamiento discrimina bajo el pequeño enfoque de nuestra corta mirada?

Bajemos al suelo y observemos. Contemplemos las mal nombradas malas hierbas, su significado, su función oculta a nuestro entendimiento. ¿Acaso has visto muestra de mayor sostenibilidad? Sin tan siquiera la mitad de las necesidades de todo lo que cultivamos en el huerto, crecen vigorosas, abundantes y fértiles. Pero no sólo eso, nos muestran algo, tal vez muchas cosas. Los campos abandonados, invadidos -repletos -de cardos que impiden el paso y mantienen a raya con sus hojas punzantes a aquellos que se atreven a cruzarlos. Algo defienden, algo intentan mantener permitiendo a la vez su evolución sin ser molestados, ¿será el suelo? La tierra degradada, estresada por el uso del arado temporada tras temporada, por los continuos tratamientos químicos tóxicos, ese suelo expuesto al sol, a la lluvia y el granizo, la vida en su seno casi extinta lucha por perpetuarse, por hacerse un hueco. Y es ahí, en esa etapa primeriza de evolución del suelo, donde tal vez entendamos la alta densidad, la “invasión” de estas plantas que llamamos “malas hierbas”.

No nos atraen en lo más mínimo, no “producen” nada, nada hay que obtengamos de ellas, y algunas, como las hojas punzantes del cardo, se vuelven incluso hostiles. Que mejor forma de prevenirse de la interacción -hasta ahora perjudicial- con el ser humano, de “darse un respiro”,de ofrecer una oportunidad.
Primero llegan las especies más pequeñas, aquellas que crecen rápidamente, que lo ocupan todo cubriendo el suelo. La auténtica piel de la naturaleza, que de la misma forma que llegan –rápidamente- mueren y conforman la primera materia orgánica que recibe el suelo. A éstas le siguen hierbas de mayor altura, muchas de ellas atractivas a los insectos que vuelven a ocupar aquel lugar hasta ahora degradado. La mayoría expertas en la extracción del nitrógeno que en su momento se utilizaba de forma abundante en los cultivos, causando verdaderas “indigestiones” al suelo.

Y si nos acercamos un poco más, si afinamos la mirada, podremos ver la gran densidad de plantas con hojas repletas de agua y cómo la proyección de su propia sombra ha permitido las condiciones idóneas para que aparezca la vida. La misma que acabará por comerse a la planta, por triturarla, por introducirla al suelo y finalmente hacerla asimilable por los demás vegetales. Cientos, miles de lombrices están cavando la tierra gratuitamente, llegando a profundidades de más de dos metros e incorporando -con sus deshechos- la materia orgánica necesaria para la vida, preparando el suelo para la siguiente etapa.

Ahora las raíces lo ocupan todo, las hay de especies que bombean nutrientes a los que solo pueden acceder ellas por la profundidad que alcanzan. Las hay que airean el suelo, que mejoran su estructura, y también aquellas que en convivencia con bacterias u hongos ayudan a fijar elementos minerales que anteriormente estábamos obligados a agregar por la deficiencia de éstos. ¿Y si la vida no comienza en las plantas, ni en el suelo ni en los insectos que lo componen? ¿Y si la vida surge como potencia del conjunto de todos los elementos necesarios, que se equilibran y suman sin que podamos distinguir cual de ellos es prescindible y cual no?

Escrito por RicardoChiralt